Una colega del Centro Luterano relató esta historia. Una amiga de ella que no asiste a ninguna iglesia vino a visitarla, y notó su calendario de Adviento. “¿Qué es el Adviento?” le preguntó. Una simple pregunta. Pero pronto mi colega descubrió que no era fácil de explicarle el Adviento a alguien que nunca había oído hablar de éste, pero que tampoco tenía un marco de referencia del mismo.

Mi colega habló de una temporada de esperanza, anhelo y preparación, de la venida del niño Dios. Al notar la mirada perpleja de su amiga, estuvo a punto de hablarle de las posibilidades escatológicas y hermenéuticas que presenta la temporada.

No es que mi colega no entienda bien el Adviento, o que ella misma no sea una persona fiel. Tampoco es que sus habilidades comunicativas sean deficientes—ella es extremadamente brillante y cómica, y se relaciona bien con las personas. No. Ella se había encontrado cara a cara con la realidad de que un creciente segmento de nuestra población ha tenido poca o no ha tenido ninguna conexión con la iglesia o con cualquier otra tradición religiosa. Ellos no hablan nuestro lengiaje. No conocen nuestras historias. No miden el tiempo como lo medimos nosotros—Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Semana Santa, Domingo de Resurrección, Pentecostés. Literalmente no saben de lo que estamos hablando.

Usted podría tener una experiencia similar—no solamente un encuentro con alguien de otra tradición religiosa, sino con alguien que no tenga ninguna tradición religiosa. ¿Cómo les vamos a hablar siquiera? ¿Cómo les hablamos del íntimo, perdurable y profundo amor que Dios nos ha mostrado en Jesús? ¿Como les hablamos de Jesús siquiera? ¿Cómo explicamos a Jesús y la encarnación, la crucifixión y la resurrección?

Sabemos lo que estamos hablando, pero no podemos suponer que otros lo saben. Mucha gente ni siquiera sabe que necesita conocer a Jesús—o que el Jesús que ellos creen que conocen no es el Jesús que necesitan conocer.

Una vez pedí a un grupo de nuestros pastores y diáconos que explicaran el evangelio en un tweet sin usar las palabras pecado, gracia ni evangelio. Un tweet tenía en ese entonces 140 caracteres—ahora tiene 280 caracteres, pero no creo que esto hubiera facilitado para nada la asignación.

Sabemos lo que queremos decir, entendemos frases y metáforas clave. Sabemos lo que tiene sentido para nosotros. Pero para quienes no tienen experiencia con la iglesia, o tienen una experiencia dolorosa, hablamos un lenguaje inteligible.

Aquellos de nosotros (incluida yo) que hemos pasado nuestra vida en la iglesia vivimos como en una burbuja. Hablamos el mismo lenguaje—la jerga de la iglesia. Sabemos lo que queremos decir, entendemos frases y metáforas clave. Sabemos lo que tiene sentido para nosotros. Pero para quienes no tienen experiencia con la iglesia, o tienen una experiencia dolorosa, hablamos un lenguaje inteligible.

Así que, ¿dónde empezamos? Creo que debemos comenzar de la convicción de que Jesús tiene las palabras de vida eterna, que él es el camino a la verdad, y a la esperanza y a la vida. ¿Podemos explicarnos eso a nosotros mismos? ¿Tenemos las palabras que hablan a nuestros propios corazones? ¿Podemos explicarnos a nosotros mismos la tradición cristiana, y la creemos? Cuando podemos confesar, vivir y respirar que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en Dios, entonces debemos encontrar el lenguaje que les hable a quienes están fuera de la burbuja de la iglesia.

No podemos cederles el espacio público a la cultura popular ni a una distorsión del mensaje cristiano. Es duro aceptar que Harry Potter y el Cuerpo de Marines (soy una gran fanática de ambos) tienen una exposición más cautivadora del evangelio (“Es todo sobre el amor, Harry”) o de koinonia (“Sirviendo a algo más grande que ellos”). Somos misioneros de nuevo. Sin diluir el evangelio y sin complacer de ninguna manera para tener popularidad, queda en nosotros encomiar clara y genuinamente la fe que hay dentro de nosotros.

Sé que apostamos nuestras vidas en la verdad de la muerte y resurrección de Jesús. Esto nos trae libertad y vida para que podamos invitar a otros a la libertad y vida de Dios.

Un mensaje mensual de la obispo presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su dirección de correo electrónico: bishop@elca.org.

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