Todo comenzó con dicha promesa: el ángel le anuncia a María que el hijo que le nacería sería llamado Hijo del Altísimo; la convicción de María de que este hijo sería la personificación de la justicia prometida por Dios, que los poderosos serían derrocados de sus tronos y los humildes serían exaltados, que el hambriento sería colmado de cosas buenas y que el rico sería despedido con las manos vacías; ángeles anunciando su nacimiento; Simeón y Ana declarando el cumplimiento de la promesa de Dios en el pequeñito; el niño enseñando en el templo; miles siendo alimentados; los enfermos, sanados; los muertos, resucitados; el viento y las olas, aquietados; enseñando con autoridad.

¡Y su enseñanza! El reino de los cielos se ha acercado. Bienaventurados los pobres, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed. De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su hijo único. Ya no somos sirvientes en la casa, sino hijos. El pecado y su consecuencia, la muerte, ya no tienen poder. El amor es más fuerte que el odio. Y todo esto procede de la buena y misericordiosa voluntad de Dios como un obsequio.

¿Puede ser verdad esto? ¿Se estaba volteando el mundo al revés? ¿Era esto el comienzo de una revolución? Ya vemos por qué la multitud gritaba “¡Hosanna al Hijo de David!” cuando entró a Jerusalén. Tal vez el discípulo Natanael recordó las palabras de Jesús cuando lo vio por primera vez: “Ciertamente les aseguro que ustedes verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre” (Juan 1:51).

Y después: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Ya todo había terminado. El mundo no había cambiado. Tal vez aún podía corregirse. Qué irrisoriamente ingenuo fue el haber creído que habría un giro en el viejo orden. La esperanza es para aquel que fácilmente se deja engañar. Viendo a este hombre quebrantado que colgaba completamente indefenso, desnudo y herido en una cruz, los principados y potestades, terrenales y espirituales, la muerte y el diablo deben haber dicho: “¡qué tonto eres!”

Como San Pablo nos lo recuerda, esta es la sabiduría del mundo. Y el mundo puede presentar muchas evidencias contundentes de que esto es correcto: niños matando a otros niños en horrendos tiroteos en escuelas; seres humanos viviendo bajo tierra para escapar de las bombas y armas químicas en Siria; niños con temor de jugar afuera en mi ciudad de Chicago porque podrían recibir disparos; violencia sexual; adjudicación de supremacía; y 60 millones de individuos desplazados—todo esto apoyado por nuestra rebelión contra Dios, nuestra creencia idólatra de que tenemos el control y de que el mundo es nuestro. Ante todo esto y todo el sufrimiento que otros causan y que nosotros causamos a otras personas, también podríamos clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1.)

Ante todo esto y todo el sufrimiento que otros causan y que nosotros causamos a otras personas, también podríamos clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1.)

Pienso que el comienzo del Salmo 22 expresa la angustia del salmista y la angustia de nuestro Señor, pero aquí hay algo más. Citar las primeras palabras de un texto era, en la tradición de la época, una forma de identificar todo un pasaje.  El salmo termina en esta forma: “Se acordarán del Señor y se volverán a él todos los confines de la tierra; ante él se postrarán todas las familias de las naciones…La posteridad le servirá; del Señor se hablará a las generaciones futuras. A un pueblo que aún no ha nacido se le dirá que Dios hizo justicia”.

Esta es la sabiduría de Dios.  La crucificción de Jesús es la muerte de nuestra muerte. Su sufrimiento inocente ha reconciliado a toda la creación con Dios. Él lo ha hecho. Nos jugamos la vida en esto.

Este año, el Domingo de Resurrección cae el 1ro de abril. Habremos pasado del desierto de la Cuaresma al jardín de la Pascua de Resurrección. Diremos: “Cristo es resucitado. En efecto ha resucitado. ¡Aleluya! Y confesaremos esto y lo viviremos ante la sabiduría de este mundo que está basada en la muerte. La vida triunfa. El amor triunfa. Y si el mundo quiere llamarnos “inocentes mariposas”, nos complace adjudicarnos ese título.

Un mensaje mensual de la obispo presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su dirección de correo electrónico: bishop@elca.org.

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