Entonces… ¿ahora qué?

By The Rev. Elizabeth Eaton

Presiding Bishop, ELCA

Este mes marca el 501 aniversario de la Reforma. El año pasado era todo Reforma todo el tiempo. ¡Ese fue nuestro año!

Las noticias, los medios de comunicación y el público prestaron atención. Hubo cientos de eventos con el tema de la Reforma. Se produjeron documentales y se llevaron a cabo liturgias llenas de gozo con nuestros hermanos y hermanas de la iglesia católica. Ya he perdido la cuenta de la cantidad de fotos de “Flat Luther” que se tomaron. Anduvimos a paso ligero; leímos juntos el Catecismo Menor de Lutero; hasta se notó a los luteranos en áreas de los Estados Unidos en las cuales no hay muchos luteranos.

Pero el foco de atención se ha atenuado, y el público y los medios de comunicación han vuelto su mirada hacia otras cosas. La guirnalda de los 500 años de la Reforma quedó muy atrás en los armarios y en el fondo de las gavetas de archivos. Además, apostaría que nuestros Catecismos Menores se han quedado solos y sin ser abiertos en estantes y aplicaciones. Realmente es 32 de octubre.

Sin embargo, amada iglesia, ahora es el momento de reenfocar nuestra atención en el evangelio de nuestra libertad, perdón y reconciliación que ha sido dado a nosotros a través del indescriptible acto de amor de Dios en la muerte y resurrección de Jesucristo. Tome su Catecismo Menor y dé una mirada fresca a la clara y concisa exposición de la fe que hace allí Lutero.

Para empezar, vea la explicación que hace Lutero del segundo artículo del Credo de los Apóstoles. En un lenguaje hermosamente sobrio, Lutero expone la verdad acerca de Dios y de la naturaleza humana: “Creo que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la virgen María, es mi Señor”.

Dos cosas saltan a la vista—el Dios de toda la creación, infinito y omnipotente, deja a un lado todo aquello para volverse finito e indefenso como el Cristo niño y el Cristo quebrantado en la cruz, y este Jesús es Señor. Hay muchas cosas que reclaman nuestra atención y lealtad, pero ninguna de éstas puede salvarnos y ninguna de éstas es Señor.

Lutero continúa: “Que me ha redimido a mí, criatura perdida y condenada”. Él valoraba de manera conservadora y realista a la humanidad. Sí, nosotros afirmamos igual que el salmista que somos “asombrosa y maravillosamente” hechos (Salmo 139:14, versión LBLA), pero también es claro que estamos seria y mortalmente averiados. Somos un grupo rebelde, levantándonos constantemente en contra de la buena y amable voluntad de Dios, y tratando de instalarnos a nosotros mismos como salvadores. Esto nunca termina bien; y aunque hay dolor cuando reconocemos que somos pecadores, también hay libertad  cuando confesamos la verdad.

“Aquí esta la gracia pura. Es acción de Dios, no nuestra. No tenemos que—de hecho, no podemos—hacer nada para salvarnos a nosotros mismos o para salvar al mundo; Dios lo ha hecho.”

La cuestión es ésta: tenemos que irnos más allá del tipo de teología estilo Billy Joel, en la cual Dios canta “Me gustas tal como eres”, y empezar a entender que no le gustamos a Dios tal como somos, y que en su infinito amor ha hecho algo al respecto. En Cristo, escribió Lutero, Dios “me ha rescatado y librado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo, no con oro ni con plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y muerte”.

Aquí esta la gracia pura. Es acción de Dios, no nuestra. No tenemos que—de hecho, no podemos—hacer nada para salvarnos a nosotros mismos o para salvar al mundo; Dios lo ha hecho.

Entonces… ¿ahora qué? Entonces ahora vivimos, realmente vivimos, en libertad y sirviendo. Lutero escribió: “Y todo esto lo hizo para que yo fuese suyo y viviese bajo él en su reino, y le sirviese en justicia, inocencia y bienaventuranzas eternas, así como él resucitó de la muerte y vive y reina eternamente”.

Esto es lo que el mundo necesita ver en nosotros y oír de nosotros—no un dios vengativo y caprichoso que debe ser apaciguado, no un abastecedor de moralismo terapéutico, sino un Dios todopoderoso que viene a nosotros en humilde forma humana para liberarnos de nuestra rebelión asesina con el fin de que seamos sanos, santos y completamente dedicados al servicio gozoso.

Esto es cierto sin duda alguna.

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