En el desierto

En la Biblia hebrea el libro de Números se titula “En el desierto”. Éste comienza con una gran esperanza. Dios liberó a su pueblo de Egipto, de una amarga esclavitud, un trabajo agotador, y del infanticidio. ¡Qué liberación! Todo el pueblo —ancianos, bebés, y todos los demás— escapó de una de las superpotencias mundiales, atravesó a pie el mar en seco, y se lanzó en una jornada de cuarenta días hacia la tierra que el Señor le había prometido.

Todos los comienzos están llenos de expectativa. Hay una emoción y una sensación de que todo es posible. Piense en el primer día de clases, de las vacaciones, de un nuevo empleo, de la luna de miel, o el primer día en la vida de un niño. Para los israelitas no fue distinto. Los primeros capítulos relatan la enumeración de las tribus de Israel —de allí el título, Números. La descripción de la reunión del pueblo mientras avanzaba hacia el futuro. Era el comienzo de una aventura, y éste termina cuando Dios le ordena a Moisés que haga dos trompetas de plata. Toda la jornada sería anunciada por el claro sonido de trompetas de plata.

Al principio se pudo ignorar el hecho de que iban partiendo hacia el desierto. Pero más adelante reaccionaron. Sabemos lo que ocurre —en la mitad del camino de un viaje por carretera, del año escolar, del empleo, del matrimonio, o de la vida con un bebé, y las cualidades que al principio eran encantadoramente extravagantes, simplemente llegan a ser irritantes. En las vacaciones familiares épicas a través del país, el paisaje se vuelve monótono. La comida ya no es novedosa sino perjudicial. La vida de antes, al menos en los recuerdos que se hastiaron de los viajes, era una dicha.

Las cosas no fueron diferentes para los peregrinos en el desierto. A la altura del capítulo 11, las cosas iban deteriorándose. En el campamento de la banda llamamos a esto “miércoles de quejas”. El pueblo estaba harto del maná. Para decir algo a favor de ellos, probablemente hay una cantidad limitada de recetas con maná. Se acordaron de “los pepinos y melones, y puerros, cebollas y ajos” (Números 11:5). Recordaron el pescado que comían  en Egipto “por nada”. ¿Por nada? ¿No eran nada la esclavitud y la opresión? El pueblo comenzó a protestar. Reclamaron la carne. Se pararon en la puerta de sus tiendas y lloraron.

Moisés se hastió. “¿Por qué me niegas tu favor y me obligas a cargar con todo este pueblo? …Todo este pueblo viene llorando a pedirme carne. ¿De dónde voy a sacarla? Yo solo no puedo con todo este pueblo. ¡Es una carga demasiado pesada para mí! Si este es el trato que vas a darme, ¡me harás un favor si me quitas la vida!” (Números 11:11-15). ¡Vaya! y yo que pensaba que tenía malos días en el trabajo.

A todo esto Dios responde: “¿Acaso el poder del Señor es limitado? ¡Pues ahora verás si te cumplo o no mi palabra!” (Números 11:23).

A veces, cuando las cosas se han puesto sumamente difíciles, o se nos impide ir hacia adelante, el oír a alguien recordarnos despreocupadamente que Dios es fiel nos parece el equivalente de ofrecerles “pensamientos y oraciones” a los que están atravesando una tragedia desvastadora. Pero para aquellos que viven porque esta promesa no es fútil sino verdadera, para quienes esta promesa es agua en tierra seca, una roca en arena movediza, esta es la promesa firme de la vida en Dios.

El ser el pueblo de la promesa hasta verla cumplida es un trabajo duro. En el momento, o en el día, o en la década, es difícil ver que Dios nos está moviendo. Algunos se dan por vencidos. Extraordinariamente, algunos que resultan más desgastados por la jornada perseveran.

Este año elegimos seis nuevos obispos —todos ellos mujeres; una latina y dos afroamericanas. Guiado por el Espíritu, el pueblo del Sínodo del sureste de Pennsylvania eligió a Patricia Davenport, y el Sínodo del sur-centro de Wisconsin eligió a Viviane Thomas-Breitfeld. Tomó 31 años —no precisamente 40. Lo que no parecía posible para la generación anterior, es realidad en nuestra iglesia. Nos estamos convirtiendo en una generación que aunque no ha llegado aún a la tierra prometida, ve a Dios diciendo: “Ahora verán si les cumplo o no mi palabra”.

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