Recién fui elegida obispa presidente, a menudo se me preguntaba qué se sentía ser la primera mujer a la que se le confiaba este llamado. Esta pregunta no me gustaba en aquel entonces. Aún hoy sigo teniendo sentimientos encontrados con relación a esa pregunta.

¿Por qué importaba mi género en el siglo XXI? ¿Por qué, en el año 2013,  fue histórica la elección de una mujer? No entendía todo el aspaviento. Mis padres me inculcaron desde niña que si trabajaba bien duro, podía ser lo que yo quisiera cuando fuera grande. Mi abuela materna fue una mujer de negocios en los años treinta. Mi pediatra era una mujer. Mi profesora de biología en la secundaria tenía su doctorado. Todo esto en el siglo pasado. Sin embargo, “la pregunta” me llevó a reflexionar en el recorrido que había hecho durante mi ministerio de la Palabra y el Sacramento.

Tuvimos un hogar de fe. La iglesia era parte importante de nuestras vidas. La escuela dominical, el culto dominical, la escuela bíblica de vacaciones (soy una experta ilustrando la historia de la salvación con cepillos destapacañerías y palitos de paleta), todas las temporadas del año eclesial moldearon mi vida. Dios era real y estaba cerca. Así pues, cuando mi consejero en la escuela intermedia me preguntó qué quería ser yo cuando fuera grande, le contesté: “Una pastora luterana”. Las mujeres no pueden ser pastoras, me dijo él, y eso fue todo.

Durante mi último año de escuela secundaria mi padre fue sometido a una operación de corazón abierto. En 1973 este procedimiento era serio y riesgoso. Mi fe fue sacudida, y esto provocó que hiciera todas las preguntas existenciales: ¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas? Si Dios es omnipotente y amoroso, ¿por qué hay sufrimiento? ¿Existe Dios? ¿Cuál es el significado de la vida? Le presenté estas preguntas a mi pastor, John Evans, y esperaba respuestas. Pero en vez de sermonearme, él me dio espacio y gracia para que pensara con más profundidad aun. Después fui a la universidad.

La universidad no siempre favorece la asistencia a la Iglesia. El hecho de que el domingo en la mañana vaya después del sábado en la noche en un campus universitario no es el mejor arreglo. Me desvié un poco, pero aún tenía mi lista de preguntas. Entonces sucedió algo inesperado—fui a una buena universidad presbiteriana, y la asistente del capellán del campus ¡era una mujer! Así que le envié mi lista, y ella también me animó a cuestionar, dudar y explorar. Yo no era la única. Invitó a varios de nosotros a reunirnos con ella. Nosotros mismos nos llamábamos el Grupo de Herejes.

En mi último año sabía que no quería ser directora de una banda. Metí mi solicitud en la facultad de divinidad ¡y fui aceptada! Para ese entonces la Iglesia Luterana en América (predecesora de la ELCA) había estado ordenando a mujeres por siete años. Al final de mi primer año en la facultad de divinidad me sentí profundamente llamada al ministerio de la Palabra y el Sacramento. Contacté a mi obispo y le dije. Pero no es así como funciona el proceso. Uno se reúne con su obispo antes  de ir al seminario. ¡Ups! No obstante, Kenneth Sauer, el entonces obispo del Sínodo del Sur de Ohio, me llevó al redil, y después de eso fui una candidata modelo. Fui ordenada en 1981.


Los 37 años que he servido han sido una bendición. Fui animada por mis pastores, respaldada por mi iglesia, y congregaciones me han extendido llamadas.


Los 37 años que he servido han sido una bendición. Fui animada por mis pastores, respaldada por mi iglesia, y congregaciones me han extendido llamadas. Pero los 37 años no han transcurrido sin dificultades. Al principio, por lo general yo era la única mujer en las reuniones del clero. La legitimidad de mi llamado fue desafiada. Mi compensación era menor que la de mis colegas varones. En cada congregación donde serví, gente se iba porque no podía aceptar a una mujer pastora. Una vez, mientras le ponía gasolina al carro vestida en traje eclesiástico, un hombre asombrado exclamó: “¡Nunca antes había visto a una mujer!” Un pastor me dijo que yo no era obispa de él.

En este número de Living Lutheran, usted ha leído las historias de mujeres extraordinarias que viven su vocación  bautismal como obreras laicas, pastoras y diconisas. No dijimos que sí al llamado de Dios porque queríamos ser pioneras, ni vanguardistas, ni expresar cierta opinión. Dijimos que sí porque el llamado de Dios fue irresistible, por el gozo de servir el evangelio, por el gran privilegio de caminar con las personas mientras el profundo amor de Jesús se hace real para ellas. Estas son las historias de nuestro llamado.

Un mensaje mensual de la obispo presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su dirección de correo electrónico: bishop@elca.org.

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