Escrito por Elizabeth Eaton, obispo presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América

Un día iba manejando rumbo a mi trabajo, pensando en mi horario—las reuniones a las que tenía que asistir, los informes que debía terminar, preparaciones para un próximo viaje que aún necesitaba finalizar, correo electrónico que tenía que contestar, llamadas que definitivamente tenía que hacer—y recopilando en mi mente una lista de comestibles que necesitaba para la cena para ir a comprarlos en mi camino de regreso a casa. De repente me vi entrando al parking del Centro Luterano. Había manejado 9 millas rumbo al trabajo y no tenía idea de cómo había llegado allí. No me acordaba de los semáforos, los giros, el paisaje—nada. Había estado tan absorta en las cosas que estaban pendientes, que me distraje totalmente del presente.

Creo que no soy la única que vive este tipo de experiencia. Activamos el piloto automático en una parte de nuestra vida, y la parte del planeamiento, las listas y la programación de situaciones hipotéticas la ponemos a máxima velocidad. En realidad, nuestra cultura promueve esto. ¿Cuándo comienzan a aparecer las baratas de regreso a clases? ¿Cuándo aparecen las decoraciones de Navidad en las plazas de la ciudad y en los centros comerciales? Hemos visto evidencia de que la próxima campaña presidencial ya está en marcha. Ahora puede ser de día todo el tiempo. Hamburguesas y tacos están disponibles 24 horas al día en su emporio favorito de comida rápida. Todo esto nos desorienta y nos hace perder el ritmo.

Recuerdo lo confundida que estuve cuando empecé mi llamada como Obispo del sínodo. Los patrones conocidos del ministerio de la parroquia desaparecieron: El lunes me organizaba para toda la semana, el miércoles en la noche era el catecismo, el jueves en la noche era la práctica del coro, y todo apuntaba hacia el domingo. El año tenía sentido: Adviento, Navidad, Epifanía, Cuaresma, Semana Santa, Domingo de Resurrección, Pentecostés. Como Obispo del sínodo y en mi llamada actual planeamos las cosas con tanto tiempo de anticipación que no siempre estoy segura de qué época del año es–¡y hay tantos husos horarios!

Ahora bien, el planeamiento es algo bueno y necesario. Uno debe estar al tanto de todo lo que viene, lo que debe hacerse, y dónde uno debe estar. Pero descubrí que era tan motivada por todas las eventualidades y posibilidades, que estaba en todas partes todo el tiempo, y por tanto, en ninguna parte.

Le pregunté a mi directora espiritual con respecto a esto, y ella me recomendó que meditara en estas cuatro palabras: “Sólo esto. Sólo ahora”. Es una disciplina simple, pero no fácil. Ésta puede aliviar todo el estrés anticipatorio, pero sólo si estamos dispuestos a quedarnos quietos. Casi al final del Salmo 46, después de descripciones de alboroto y calmor, el Señor dice: “Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios”.

Aquí estamos en Adviento. Esta temporada no existe en la cultura secular, en la cual todo se acelera hacia la Navidad. No hay tiempo para esperar, no hay tiempo para observar, no hay tiempo para estar presente. No esto. No ahora. De pronto nos encontramos en el día siguiente a la Navidad sin saber cómo llegamos allí.

Aquí estamos en Adviento. Esta temporada no existe en la cultura secular, en la cual todo se acelera hacia la Navidad. No hay tiempo para esperar, no hay tiempo para observar, no hay tiempo para estar presente. No esto. No ahora. De pronto nos encontramos en el día siguiente a la Navidad sin saber cómo llegamos allí.

El Adviento es una temporada sagrada, un tiempo en el que se nos invita a estar presentes, a estar quietos. Se evocan tantas cosas en esta temporada—esperanza, anhelo, el conocimiento agridulce de que el mundo es bello y quebrantado. Considere todas estas cosas. Siéntese con ellas. Ore con ellas. Sea consciente de este tiempo venidero de gran promesa, al menos en el hemisferio norte, cuando la noche es más larga. “En un encuentro momentáneo de la eternidad y el tiempo, María supo que sería portadora de lo mortal y lo divino” (Evangelical Lutheran Worship [Adoración Evangélica Luterana], 258). Desactive el piloto automático. Observe.

El resto de ese himno de Adviento nos invita a estar presentes:

Se nos llama a ponderar el misterio y esperar al Cristo venidero, a personificar la compasión de Dios por cada frágil vida humana.

Dios está con nosotros en nuestro anhelo de traer sanidad a la tierra, mientras esperamos ver con alegría y asombro el nacimiento del Salvador prometido.

Sólo esto. Sólo ahora.

Un mensaje mensual de la obispo presidente de la Iglesia Evangélica Luterana en América. Su dirección de correo electrónico: bishop@elca.org.

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